Una pareja creciendo, formando una familia, con ganas de tener una casa propia.
No sólo propia en el sentido de propiedad, sino en el sentido más genuino: la casa que nos identifica, la casa que sentimos que nos pertenece.
Ésa que podemos mostrar a los amigos con ese gesto orgulloso de brazos abiertos que recorre la casa y dice tantas cosas...
Adriana y Marcelo encontraron una casa preciosa para reformar, que era lo que buscaban. Estilo inglés, con un jardín pequeño que englobaba la casa. Que por fuera parecía una, pero por dentro, eran dos. Dos cocinas, dos baños, dos comedores...
Valiéndonos de la forma exterior, que era la de una casa única, tocamos sólo esas paredes interiores necesarias para que la distribución fuera armoniosa y actual.
"Quiero una casa integrada"
"Que la cocina tenga ventanas grandes..."
"Buena relación de la casa con el jardín..."
"Un vestidor maravilloso, con estantes y espacio para colgar..."
"Nos gustaría tocar lo menos posible..."
"¡La casa nos gusta tanto!"
Fueron algunas de las frases que surgieron en las entrevistas iniciales, que luego se convirtieron en realizaciones concretas.
Planta de la casa antes de la reforma

Planta de la casa después de la reforma

Conservando la mayor parte de los suelos de madera de pinotea y las aberturas de cedro originales, los suelos nuevos se hicieron con mosaicos calcáreos artesanales, a imagen y semejanza de las antiguas baldosas hidráulicas.
Aparecieron un par de ventanas nuevas, que se convirtieron en "bay windows", propicias para esa "buena relación con el jardín" que se pedía, y una preciosa, de forma cuadrada, a la que Marcelo no pudo resistirse en una venta de materiales de demolición, y que hoy ocupa un lugar privilegiado de la fachada.
Casi cuatro meses de obras intensas para convertir estas dos casas en una, en una muy capaz de albergar la vida de una familia a la que ahora se suman dos integrantes: Fede y Santi.
